La expresión última de la soberanía reside en gran parte en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir.
— Achille Mbembe
Una muerte en Navidad no es sólo un “caso”: es una escena donde la Argentina se mira sin maquillaje. Cuando la violencia estatal deja de ser excepción y se vuelve método, la pregunta ya no es sólo judicial: es humana. Este texto piensa la crisis del lazo, la necropolítica y el goce punitivo como engranajes de un mismo régimen.
Navidad llega como una tregua prestada. Un paréntesis de luz sobre la intemperie, un gesto de amor que intenta tapar —aunque sea por unas horas— lo que duele todo el año. El barrio respira distinto: humo dulce en el aire, risas que se mezclan con broncas viejas, radios encendidas, platos compartidos, esa felicidad humilde que no se explica, sólo se sostiene. Y sin embargo, debajo del brindis, la ciudad sigue partida: hay lugares donde el cuidado es derecho y lugares donde el cuidado es promesa rota.
En esa grieta invisible, la fuerza aparece como un idioma que no necesita traducción. No llega con palabras: llega con cuerpo, con urgencia, con la certeza de que algunos cuerpos pueden ser empujados sin que el mundo se detenga. La escena queda filmada —como quedan filmadas casi todas las tragedias de esta época— y lo que debería ser excepción se vuelve paisaje. Después vienen los nombres, las versiones, el expediente. Pero antes de todo eso, queda el punto exacto en que una sociedad descubre, otra vez, que la tregua era una ilusión.
1) La crueldad no como exceso, sino como forma
Hay una lectura tranquilizadora: “fue un exceso”, “fue un error”, “fue una manzana podrida”. Esa lectura calma porque deja intacto el sistema. La crueldad contemporánea, en cambio, rara vez se presenta como monstruo aislado. Funciona como forma: un modo de intervenir, de hablarle a un territorio, de marcar un límite en la carne.
La operación es simple y feroz: convertir la vida humana en variable.
Variable que vale distinto según barrio, clase, edad, rostro. Variable que en algunos lugares activa cuidado y en otros activa sospecha. Variable que para unos genera duelo y para otros habilita una coartada: “algo habrá hecho”. Cuando eso se instala, ya no discutimos un hecho: discutimos una aritmética moral. ¿Cuánta vida vale una vida?
2) Necropolítica: soberanía como administración de la muerte
Mbembe llama necropolítica al poder que gobierna administrando la frontera entre vidas protegidas y vidas expuestas. En su núcleo late una forma extrema de soberanía: decidir, por acción o por abandono, quién vive, quién muere, y quién es dejado morir.
No es sólo “matar”. Es más eficaz: es organizar la intemperie. Diseñar espacios donde el cuerpo circula con una condena previa, como si llevara pegado un cartel invisible: prescindible. En esos espacios el ciudadano se vuelve objeto de intervención, y el conflicto se tramita menos como convivencia que como amenaza.
La necropolítica urbana no necesita campos: le alcanza con un mapa tácito. Un mapa donde la vida vale distinto según dirección.
3) Crisis de la condición humana: la intemperie moral argentina
Pero si fuera sólo Estado, nos quedaríamos cortos. La crueldad política se sostiene cuando encuentra un clima cultural que la hace respirable. Y ahí aparece la crisis de la condición humana: no como consigna grandilocuente, sino como experiencia cotidiana.
Precariedad prolongada. Cansancio moral. Humillación acumulada. Vínculos agotados. La vida vivida como defensa. En ese suelo, el otro pierde el estatuto de semejante: se vuelve estorbo, rival, amenaza. No porque “la gente sea mala”, sino porque el cuerpo social se acostumbra a sobrevivir sin horizonte, y cuando no hay horizonte, cualquier descarga se vuelve tentadora.
La crisis no es sólo económica: es del lazo. Y cuando el lazo se rompe, el límite se vuelve frágil. Se afloja el límite del Estado. Se afloja el límite del castigo. Se afloja el límite del desprecio. Entonces la crueldad deja de parecer intolerable y empieza a parecer útil.
4) Goce punitivo: cuando el castigo alivia
Acá entra la pieza más oscura: el goce en el castigo. La violencia no se sostiene únicamente por miedo; también se sostiene por satisfacción. Por ese placer amargo que aparece cuando “alguien paga”.
Hay un goce que no se confiesa, pero circula: en la sobremesa, en el comentario, en el video repetido, en la indignación selectiva, en la sentencia sin juicio. Y se condensa en una frase que funciona como anestesia moral: “algo habrá hecho”. No es análisis; es defensa. Permite mirar sin hacerse cargo. Permite sostener el mundo tal como está: si la víctima “merecía”, entonces no hay que cambiar nada. Y si no hay que cambiar nada, la crueldad ya consiguió su objetivo.
El goce punitivo es eso: un descanso. Un descanso cobrado con humanidad ajena.
5) La pedagogía del castigo: el mensaje que queda
Lo más político no es sólo el golpe o el disparo. Es el efecto pedagógico.
Se aprende que un conflicto cotidiano puede volverse irreversible.
Se aprende que discutir puede costar caro.
Se aprende que mirar puede ser peligroso.
Se aprende que hay barrios donde el orden se escribe con el cuerpo.
La necropolítica no necesita matar a muchos para funcionar: necesita que todos entiendan que puede. Necesita que el barrio aprenda que su vida está un escalón más abajo en la escala del cuidado. Necesita que la ciudad, del otro lado, aprenda que esa muerte “entra” en la normalidad sin romperla.
6) Crueldad como política de Estado
Decir “crueldad como política de Estado” no es afirmar una conspiración. Es describir un régimen de prácticas: intervención desproporcionada, humillación disciplinante, sospecha permanente, encuadre narrativo que convierte dolor en trámite, y una trama de dilución de responsabilidades.
La crueldad política no requiere continuidad: requiere posibilidad, repetición y tolerancia. Cuando se vuelve repetible y tolerable, deja de ser exceso: se vuelve método.
7) Del castigo al cuidado (sin ingenuidad)
La salida —si existe— no puede ser un sermón. No se trata de negar conflicto ni miedo; se trata de impedir que el miedo sea gobernado por el goce punitivo.
Un programa mínimo, concreto y medible:
preservación estricta de escena y cadena de custodia;
acceso judicial inmediato a registros audiovisuales;
cámaras corporales con reglas y sanciones reales;
separación preventiva efectiva del personal involucrado;
control civil externo, auditorías y estadísticas públicas;
formación y evaluación en desescalada, con consecuencias;
protección real de testigos y denunciantes.
Pero además —y esto es lo más difícil— hace falta reconstrucción del lazo: una política del cuidado que no sea adorno moral, sino límite ético. Cuidado como decisión pública: que ningún orden valga más que una vida. Que ninguna seguridad habilite la degradación.
La crueldad no es un error: es un lenguaje.
La necropolítica no es una teoría: es un mapa.
Y el goce punitivo no es opinión: es la energía que mantiene el régimen en pie.
Si no recuperamos el límite —el límite humano—, el Estado no va a necesitar ser cruel todo el tiempo.
Le va a alcanzar con que nos acostumbremos.


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