Frente al hedonismo como anestesia y el individualismo como mandato, la salida no es la motivación personal: es decencia común, redes vivas y una ética del cuidado que vuelva habitable la vida.
«Je me révolte, donc nous sommes» — Albert Camus
Prólogo-manifiesto
La época nos quiere solos. Nos quiere encerrados en la administración privada del miedo, del cansancio y del deseo. Nos quiere convertidos en consumidores de alivios rápidos: pequeñas dosis de placer para tolerar una vida que se vuelve intemperie. Nos quiere convencidos de que cada uno se salva como puede, y de que el dolor es un asunto individual. No vamos a aceptar ese destino.
No se trata de “recuperar” una comunidad ideal —quizás nunca existió del todo, quizás estuvo siempre marcada por exclusiones—. Se trata de construir una nueva: más consciente, más justa, más resistente. Una comunidad que no confunda libertad con aislamiento, ni deseo con anestesia. Una comunidad donde el cuidado deje de ser un gesto ocasional y vuelva a ser política: organización de la vida contra la crueldad cotidiana.
Construir comunidad no es un acto decorativo ni una consigna amable: es una decisión filosófica y una estrategia de supervivencia. Es el nombre de una rebelión democrática desde abajo, contra el sálvese-quien-pueda, contra la pedagogía de la competencia que erosiona la dignidad. Si el mundo nos empuja al cinismo, respondemos con decencia común: hacer lo que corresponde, sostener al que cae, poner el cuerpo donde el mercado solo pone precio.
Que 2026 sea el año de esa rebelión concreta. No por nostalgia, sino por futuro. Porque la vida humana, sin nosotros, se vuelve invivible.
Hipótesis central
2026 puede ser un año para construir una nueva comunidad porque lo que está en crisis en Argentina no es solamente la economía o la política: es el vínculo humano. Se instaló un modo de vida que privatiza el sufrimiento y vuelve la existencia una carrera individual: producir, rendir, mostrarse, sobrevivir. En ese clima, el hedonismo deja de ser disfrute y se vuelve anestesia; el individualismo deja de ser elección y se vuelve mandato.
La consecuencia no es abstracta: es cotidiana. Se expande la intemperie —soledad, desconfianza, fatiga moral— y con ella una crueldad de baja intensidad: indiferencias, humillaciones pequeñas, sentencias rápidas, vidas tratadas como descarte. Por eso la respuesta no puede ser “mejorarnos” cada uno por su cuenta. La salida es colectiva: cuidado y comunidad. Cuidado como decisión práctica de proteger la vida —propia y ajena—; comunidad como arquitectura real de sostén: redes, instituciones vivas, rituales de encuentro, cooperación cotidiana. Si el problema es la intemperie, la respuesta es construir refugios.
La crisis de la condición humana como crisis de vínculo
Decir “crisis de la condición humana” no es exagerar: es nombrar un empobrecimiento de la experiencia compartida. Cuando el lazo se degrada, también se degrada la percepción de lo real: el otro se vuelve amenaza, ruido, instrumento o estorbo. Y cuando el otro deja de ser un semejante, la vida se transforma en un problema privado: “arreglate”. Esa frase —que puede sonar a consejo— funciona, en la práctica, como política del abandono.
En Argentina esa intemperie se intensifica por una incertidumbre crónica: la sensación de que el suelo se mueve, de que la estabilidad siempre está “por venir”, de que el futuro es un bien frágil. Entonces el presente se vuelve tirano y el vínculo se vuelve caro: cuesta tiempo, paciencia, energía. Y cuando el vínculo cuesta, se lo reemplaza por conexiones rápidas: pertenencias instantáneas, identidades de consumo, relaciones sin espesor, contacto sin encuentro.
Una época puede ofrecer estímulos, entretenimiento, velocidad y, al mismo tiempo, vaciar la experiencia humana de su materia básica: presencia, palabra, confianza, reciprocidad. Ahí se juega la crisis: no solo en lo que falta, sino en lo que se vuelve normal.
Hedonismo e individualismo: anestesia y mandato
El hedonismo contemporáneo no es fiesta: muchas veces es un método de supervivencia. No se busca placer para celebrar la vida; se busca descarga para tolerarla. Alivio inmediato frente a un dolor que no encuentra nombre: cansancio, ansiedad, frustración, miedo. La época enseña a tapar el agujero, no a pensarlo. Y cuando el alivio se vuelve rutina, el deseo se empobrece: se confunde vivir con distraerse, intensidad con sentido, consumo con experiencia.
El individualismo, por su parte, se volvió ley no escrita: cada vida como empresa privada. Tu salud mental, tu trabajo, tu seguridad, tu futuro, tu valor personal: todo bajo tu responsabilidad, como si el mundo fuese un mercado neutro y la existencia una competencia justa. Así se fabrica una violencia silenciosa: la culpa de no llegar, la vergüenza de necesitar, el pudor de pedir ayuda. Se privatiza el sufrimiento y se despolitiza la intemperie.
Pero lo más grave no es solo la soledad: es la erosión de la confianza. Cuando el mundo se vive como amenaza, el otro se vuelve sospechoso. Crecen reflejos defensivos: juicio rápido, indiferencia, ironía como arma, humillación como entretenimiento. No siempre hay odio consciente; muchas veces hay fatiga. Y esa fatiga, cuando se naturaliza, se convierte en crueldad cotidiana.
Nombrarlo así evita el moralismo: no son “culpas personales”; son síntomas sociales. Y como síntomas sociales, no se resuelven con recetas individuales. Se resuelven cambiando el clima: prácticas, instituciones, formas de convivencia, rituales que ordenan la vida en común.
Camus: del absurdo al nosotros
Camus sirve porque no promete paraísos. No niega el absurdo ni lo disfraza. Pero tampoco acepta el cinismo como destino. Allí donde la vida se vuelve árida, Camus propone una ética mínima que, por austera, es poderosa: decencia común.
“Me rebelo, luego somos” no es un adorno: es una tesis. La rebelión verdadera no encierra al individuo en su orgullo; lo abre a un límite compartido. Me rebelo porque no acepto la humillación —la propia y la ajena—, y en ese “no” aparece un nosotros. No el nosotros grandilocuente de la propaganda, sino el nosotros humilde de la vida concreta: acompañar, sostener, hacer lo que corresponde, no abandonar.
Esa es la clave para pensar 2026: la comunidad como rebelión práctica. No como nostalgia ni como promesa abstracta, sino como respuesta material y ética frente a una época que privatiza el dolor. Si el absurdo existe, la decencia común es una forma de resistencia. Y en tiempos de individualismo obligatorio, la resistencia más profunda es volver a construir lo común.
Construir comunidad: el cuidado como política
Si el diagnóstico es intemperie, la respuesta no puede ser “fortaleza individual”. Tiene que ser cuidado organizado. Cuidado no como emoción, sino como estructura. No como gesto excepcional, sino como regla de convivencia.
1) Cuidar es distribuir carga
Construir comunidad es repartir el peso: que nadie cargue solo con lo imposible. Relevos, redes, acompañamientos, tiempo compartido, tareas rotativas. El cuidado es una economía moral: decide quién paga el costo de vivir.
2) Comunidad es institución viva
La comunidad no es una idea: es un lugar —y una práctica— donde la vida se trama. Espacios que enseñan convivencia, pertenencia, escucha, organización. Cuando esas tramas se apagan, la sociedad se vuelve intemperie.
3) Lo común necesita frecuencia, no épica
La comunidad no aparece por inspiración: aparece por repetición. Mesa semanal, encuentro mensual, taller, ronda, feria, grupo. La política de lo común es calendario: lo que no tiene frecuencia no tiene cuerpo.
4) Economía del cuidado
No se construye comunidad solo con discursos si la vida material se vuelve guerra. Cooperación concreta, intercambio de saberes y recursos, redes de apoyo, organización territorial: no es caridad; es inteligencia colectiva contra la precariedad.
5) Conflicto sin crueldad
La nueva comunidad no es armonía obligatoria: es conflicto tramitado con responsabilidad. Discutir sin deshumanizar, poner límites sin destruir, reparar cuando se daña. Sin esa ética, el nosotros se vuelve control o se rompe.
6) Transmisión intergeneracional
Una comunidad existe cuando transmite: oficios, saberes, cuidado, palabra. Cuando las juventudes quedan sueltas y los adultos quedan solos, la sociedad se fractura. Construir comunidad es construir puentes.
7) Dignidad como criterio
Que nadie sea tratado como descarte. Que nadie sea reducido a número, etiqueta o fracaso. La comunidad se mide por cómo trata a quien no rinde, a quien se cae, a quien queda afuera. La dignidad no es un premio: es un piso.
2026 como decisión: un programa mínimo para empezar
Si todo esto queda en palabras, no sirve. La comunidad se construye en lo concreto: pasos mínimos, repetidos, sostenidos.
Volver a la conversación real: menos sentencia, más escucha; menos humillación, más palabra.
Sostener una práctica de encuentro: semanal o mensual, pero estable; lo común necesita continuidad.
Armar redes de cuidado: acompañamientos, referencias claras, circuitos de ayuda, tareas rotativas.
Cuidar lo compartido: el espacio común como primera escuela política.
Hacer lugar a quien queda afuera: porque la exclusión es la forma más cotidiana de la crueldad.
Organizar esperanza: no como optimismo vacío, sino como trabajo compartido que vuelva vivible la vida.
Cierre
La época nos quiere solos porque la soledad es gobernable. La comunidad, en cambio, es peligrosa: crea vínculos, produce confianza, inventa futuro. Por eso construir una nueva comunidad no es un gesto sentimental: es una tarea filosófica, política y urgente.
Si 2026 tiene un sentido, que sea éste: pasar de la intemperie al refugio, del “arreglate” al “acá estamos”, del yo sitiado al nosotros posible. No para negar el absurdo, sino para enfrentarlo con decencia común. No para volver a un pasado ideal, sino para inventar lo que falta.
«Me rebelo, luego somos»


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