La alegría colonial y el peligro que se desata sobre toda América Latina

En estas horas, la conversación pública quedó atrapada en un nombre propio: Maduro. Como si todo dependiera de la moral de un individuo. Como si la historia se resolviera con un villano menos.
Pero no se trata de Maduro.
Se trata del método: bombardeos, incursión y captura de un jefe de Estado, con traslado fuera de su país, presentado como “operación de aplicación de la ley” y, al mismo tiempo, como puerta de entrada a un tutelaje político (“hasta una transición adecuada”). Se trata del precedente: la normalización de que una potencia puede irrumpir, capturar y “ordenar” un país latinoamericano con la impunidad de quien se siente dueño del mapa. Y se trata, también, de un síntoma cultural: la alegría colonial de quienes celebran que exista un amo global dispuesto a castigar “por nosotros”.
No es casual que se hable de un salto de época. Cuando el uso unilateral de la fuerza se vuelve “normal” y además se vuelve festejable, no cambia solo la geopolítica: cambia la moral colectiva. Se instala la idea de que la soberanía es un trámite y que la democracia es un producto que se puede importar a misilazos.
1) La trampa moral: convertir la violencia en “libertad”
Cuando la política se vuelve un relato simple —cayó el malo, ganó la libertad— sucede lo más peligroso: el procedimiento deja de importar.
Y sin procedimiento no hay república. Sin límite, no hay derecho: hay fuerza. El derecho internacional, con todas sus fallas, existe para evitar la ley del más fuerte. Cuando se lo “saltea” con aplausos, lo que se habilita es una doctrina: si el objetivo me gusta, entonces todo vale.
Ese es el verdadero cambio de clima: no solo la violencia, sino su revestimiento moral. Se pretende que el bombardeo sea “quirúrgico”, que el secuestro sea “justicia”, que la intervención sea “democracia”. Pero la democracia no entra a un país en el compartimiento de carga de un avión militar. Entra —cuando entra— como construcción histórica de un pueblo, con sus contradicciones y sus luchas.
2) Milei vs Lula: dos brújulas ante el mismo abismo
El contraste regional es quirúrgico. Y no es una discusión de camisetas. Es una disputa por el límite: qué es tolerable, qué abre puertas que después no se cierran.
Milei: el festejo institucional del precedente
Milei celebró la captura de Maduro como una victoria de la “libertad” contra el “narcoterrorismo”. Lo presentó como un avance decisivo y se alineó sin ambigüedades con la lógica del gendarme: si el enemigo es “el mal”, la fuerza queda absuelta. El problema no es “estar contra Maduro”. El problema es bendecir el método como camino legítimo.
En esa lógica, la soberanía pasa a ser condicional. Si el policía del mundo actúa y el objetivo te simpatiza, entonces se aplaude. Eso no es republicanismo. Es tutela.
Lula: la fe en el “no se cruza”
Lula tomó el hecho desde el lado opuesto: habló de una línea inaceptable cruzada, de un precedente peligrosísimo, y pidió reacción internacional. Esa postura no es “defender a Maduro”. Es defender la idea mínima de mundo habitable: si no hay límites al uso unilateral de la fuerza, queda la ley del más fuerte. Y en esa ley, América Latina vuelve a ser “patio trasero”: zona disponible.
3) El punto ciego de la celebración: lo que se aplaude cuando se aplaude
Lo que muchos celebran no es “democracia”: celebran el derecho del más fuerte.
Celebran que exista un poder capaz de entrar a cualquier país, capturar a quien quiera y administrar “transiciones” con la autoridad de quien se siente juez y parte. Y eso es lo que revela el festejo: no una vocación democrática, sino un deseo de amo.
Ahí aparece la auto-colonización: la fantasía de que “vendrá alguien serio y poderoso” a poner orden. La política reducida a policía. El pueblo reducido a espectador agradecido. Amo y esclavo aplicada a la soberanía: yo obedezco, otro decide; yo celebro, otro manda.
4) El peligro para toda la región: cuando el continente queda intervenible
Acá está el corazón del asunto. Lo que se desata no es solo una crisis venezolana: es un cambio del clima continental.
Precedente jurídico-político
Si se naturaliza que un país puede bombardear y capturar autoridades de otro por “seguridad” o por “cargos”, cualquier gobierno latinoamericano queda a merced del etiquetado: “narcoestado”, “amenaza”, “terrorismo”, “crimen transnacional”. Y cuando el etiquetado se convierte en sentencia, la soberanía se vuelve revocable.
Escalada y frontera viva
El continente no es un tablero abstracto. Las fronteras son gente: migración, hambre, miedo, xenofobia, desborde humanitario. Cada intervención abre desplazamientos, reordena economías locales, recalienta conflictos.
Vacío de poder e inestabilidad
El “día después” de una caída por operación externa rara vez es democrático. Suele ser fragmentación: actores armados, mercados ilegales, venganzas internas, caos. La intervención vende orden; muchas veces entrega descomposición.
Regreso de un fantasma histórico
Cuando se legitima la intervención directa, vuelve una idea vieja con nombre nuevo: esfera de influencia. América Latina como zona de operaciones. No es una metáfora: es una memoria histórica que la región ya pagó con sangre.
5) No hay libertad en un secuestro: hay tutela
Conviene decirlo sin vueltas:
Cuando la libertad necesita un secuestro para nacer, lo que nace no es libertad: es tutela.
Que un pueblo quiera sacarse de encima un régimen autoritario es legítimo. Lo que no es legítimo —y lo que nos condena como región— es aceptar que el procedimiento sea el bombardeo y la captura extraterritorial como “solución”.
Ese procedimiento no trae ciudadanía: trae administración. No trae república: trae protectorado. No trae democracia: trae obediencia a un orden impuesto.
6) Cierre: organización popular latinoamericana o intemperie
Si esto marca un umbral, la respuesta no puede ser un gesto aislado ni un hashtag. No alcanza con comunicados: el problema es más hondo. Se está disputando la idea misma de América Latina como zona de paz (o como tablero de operaciones).
Por eso el cierre tiene que ser un llamado claro:
organización popular latinoamericana.
Organización real, concreta, paciente y firme:
— redes de derechos humanos con capacidad regional de denuncia y verificación;
— sindicatos, movimientos territoriales, centros de estudiantes, comunidades migrantes;
— comunicación popular que no repita propaganda de nadie;
— articulación continental para sostener un principio mínimo: ninguna “liberación” por bombardeo y secuestro.
Y, al mismo tiempo, organización para exigir lo que vale incluso cuando incomoda: democracia, justicia social, derechos humanos sin tutela imperial y sin autoritarismos domésticos.
Porque si no construimos poder popular continental, nos construyen el mundo desde afuera. Y cuando te construyen el mundo desde afuera, no es para que seas libre: es para que seas útil.
En esta hora, el dilema no es Maduro sí o no.
El dilema es: **soberanía popular latinoamericana o alegría colonial.**
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