Hacia una política de la vida

“Allí donde el mundo se vuelve inhabitable, la comunidad es la última forma de vida.”
Prólogo
Este texto nace de una incomodidad persistente. De la sensación de que algo esencial se ha roto en nuestra forma de habitar el mundo: la capacidad de cuidar la vida propia y ajena como un asunto común. En tiempos donde el cinismo se disfraza de lucidez, el individualismo de libertad y el hedonismo de felicidad, pensar en comunidad se vuelve un gesto a contramano, casi subversivo.
Lo que sigue no es un diagnóstico académico ni una consigna cerrada. Es un intento de pensar desde la herida, desde los cuerpos y los pueblos que hoy pagan el precio de un orden que administra la muerte y llama progreso al descarte. Pero también es un intento de rescatar algo más hondo: la potencia que todavía vive en los vínculos, en el cuidado, en la resistencia cotidiana que no siempre tiene nombre ni bandera.
Este escrito propone un desplazamiento: de la política de la muerte hacia una política de la vida. No como ideal abstracto, sino como práctica concreta, comunitaria y situada. Pensar, escribir y compartir estas palabras es, en sí mismo, un acto de esa política. Una forma de no resignarse. Una manera de seguir creyendo —con los pies en la tierra— que mientras haya comunidad, palabra y cuidado, la vida todavía puede organizarse contra la crueldad.
Hacia una política de la vida
(Notas para una resistencia comunitaria en tiempos de cinismo, individualismo y hedonismo)
Vivimos una época en la que la política parece haber renunciado a su tarea más elemental: cuidar la vida. No la vida como consigna abstracta ni como valor declamado, sino la vida concreta, frágil, situada: cuerpos que comen o no comen, pueblos que viven o mueren, comunidades que se sostienen o se disuelven. En su lugar, se ha impuesto una racionalidad que administra la muerte, el descarte y la exclusión como si fueran daños colaterales inevitables. Frente a este horizonte, se vuelve urgente pensar —y practicar— una política de la vida.
Hablar de política de la vida no es hablar de optimismo ni de buenas intenciones. Es, por el contrario, una respuesta radical a un tiempo de crueldad normalizada. Es asumir que hoy el poder no solo gobierna territorios, sino que decide qué vidas importan y cuáles pueden ser sacrificadas sin escándalo. El hambre inducida, el bloqueo económico, la guerra permanente, la expulsión de pueblos enteros hacia la intemperie, la precarización emocional y material de millones: todo eso compone un paisaje donde la muerte no es excepción, sino método.
Pero este orden no se sostiene solo por la violencia explícita. Se sostiene también por una configuración subjetiva dominante, hecha de tres componentes que se refuerzan mutuamente: cinismo, individualismo y hedonismo.
El cinismo nos convence de que nada vale la pena, de que todo está corrompido, de que no existe diferencia real entre la injusticia y su crítica. Es la anestesia moral que permite mirar el horror sin conmoverse.
El individualismo rompe los lazos, privatiza el sufrimiento y convierte los problemas colectivos en fracasos personales. Nos hace creer que cada quien se salva solo, que la comunidad es un obstáculo y no una condición de la vida.
Y el hedonismo —quizás el más eficaz de los tres— actúa como complemento perfecto: propone el goce inmediato como refugio, el bienestar privado como sustituto de la justicia, el consumo como respuesta al vacío. No se nos pide que creamos en nada; se nos pide que disfrutemos mientras podamos. El placer se vuelve distracción, el deseo se despolitiza, el malestar se tapa con estímulos. Así, el mundo puede derrumbarse, siempre y cuando cada quien conserve su pequeña cuota de satisfacción.
Cinismo, individualismo y hedonismo conforman una subjetividad funcional a la política de la muerte. No reprimen: desconectan. No obligan: seducen. No prohíben pensar: vacían el sentido de hacerlo.
En este contexto, el mundo se ha vuelto cada vez más pequeño para las grandes mayorías. No porque falte espacio físico, sino porque se reducen los márgenes de existencia digna. Se levantan fronteras visibles y, sobre todo, invisibles: económicas, simbólicas, mediáticas, afectivas. Millones de personas quedan del lado del descarte. No son sujetos de derecho, sino problemas a gestionar. No son vidas a cuidar, sino riesgos a contener.
Por eso, una política de la vida no puede limitarse a denunciar la muerte: debe también disputar esta forma de vivir que nos propone el sistema.
Una política de la vida es necesariamente una política contra el cinismo, porque vuelve a afirmar que hay cosas que importan, que no todo da lo mismo, que el sufrimiento ajeno no es un espectáculo ni una estadística.
Es también una política contra el individualismo, porque sostiene que nadie se salva solo, que la vida es interdependencia, que la libertad no existe sin vínculos, que la dignidad no es un mérito individual sino una condición común.
Y es, además, una política contra el hedonismo vacío, porque no confunde el goce con la vida buena, ni el placer con el sentido. No niega el disfrute, pero lo devuelve a un marco humano: el del lazo, el del cuidado, el del compartir. Frente al goce solitario y anestesiante, propone una alegría que nace del encuentro, una satisfacción que no se construye sobre el olvido del otro.
Una política de la vida es inseparable de una política de la comunidad. No hay vida posible en soledad. No hay liberación individual en un mundo estructuralmente injusto. La fantasía del “sálvese quien pueda” no es libertad: es una forma sofisticada de dominación. Nos convence de competir cuando deberíamos cuidarnos, de aislarnos cuando deberíamos organizarnos, de distraernos cuando deberíamos comprometernos.
Reconstruir lo comunitario no es nostalgia ni romanticismo. Es una necesidad vital y política. Es el único espacio donde la vida puede defenderse del mercado, del Estado ausente o del Estado represivo. Donde el valor no se mide en productividad. Donde alguien importa incluso cuando no rinde, no produce, no goza.
Una política de la vida empieza abajo, cerca, en lo cotidiano. Empieza cuando la vida deja de ser un asunto privado y vuelve a ser una responsabilidad compartida. En el plato que se comparte, en la red que se arma, en la palabra que se escucha, en el cuerpo que no se deja solo. Empieza cuando el sufrimiento deja de vivirse como culpa individual y se reconoce como problema colectivo.
También es una política del sentido. Porque uno de los efectos más devastadores del orden actual no es solo la pobreza material, sino el vaciamiento existencial. El cinismo destruye la esperanza, el hedonismo la disuelve, el individualismo la aísla. Recuperar el sentido —personal y colectivo— es una forma profunda de resistencia. No como consigna, sino como práctica.
En contextos extremos, la vida se defiende muchas veces con gestos mínimos: cuidar, enseñar, recordar, sostener. No son gestos épicos, pero sí profundamente políticos. Porque afirman que la vida vale incluso cuando el sistema dice lo contrario. Porque niegan, en los hechos, la lógica del descarte.
Una política de la vida no se construye desde el centro del poder, sino desde los márgenes que se organizan. Desde los pueblos sitiados que no desaparecen. Desde las comunidades empobrecidas que inventan formas de sostenerse. Desde quienes, aun golpeados, se niegan a reproducir la lógica del odio, la indiferencia y el consumo como anestesia.
Pensar hacia una política de la vida es, en definitiva, pensar una ética del cuidado como horizonte político. No como caridad ni como asistencia, sino como principio organizador de la sociedad. Cuidar la vida implica garantizar condiciones materiales, pero también proteger la dignidad, la memoria y el lazo social. Implica decir que ninguna vida es sacrificable, que ningún pueblo es descartable, que ningún sufrimiento es ajeno.
En tiempos de cinismo, individualismo y hedonismo extremos, apostar por la vida puede parecer ingenuo. No lo es. Es profundamente subversivo. Porque va contra la corriente dominante. Porque exige sensibilidad donde se promueve indiferencia. Porque propone comunidad donde se impone competencia. Porque devuelve sentido donde se ofrece distracción.
Una política de la vida no promete finales felices. Promete no entregar el mundo a la lógica de la muerte. Promete sostener la dignidad aun en la derrota. Promete, al menos, que no estaremos solos.
Tal vez de eso se trate el Pensadero: de pensar para no morir por dentro, de escribir para volver a enlazarnos, de imaginar juntos un mundo que no esté organizado alrededor del descarte ni del goce vacío, sino del cuidado. No como utopía lejana, sino como práctica cotidiana. Porque mientras haya comunidad, mientras haya palabra, mientras haya alguien dispuesto a sostener a otro, una política de la vida sigue siendo posible.

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