La patria cabe en una canción

La nostalgia no siempre mira para atrás: a veces empuja. Una guitarra en la plaza, un compañero llorando y una frase que vuelve a encender la fe: amar es revolucionar.

Te doy una canción

Estoy en la plaza con la guitarra. No hay escenario ni épica: hay un banco gastado, una tarde tibia, gente que pasa, pibes que corren como si el mundo todavía fuera sencillo. Todo parece común, pero algo en el aire tiene un peso distinto, como si por un rato la vida dejara de ser trámite.

Pequeña serenata diurna

Empiezo a cantar Te doy una canción. No como quien interpreta, sino como quien ofrece. Como quien intenta decir “acá estoy” sin saber bien cómo. La melodía sale sola; la garganta, no. Hay una zona de la voz que se vuelve frágil cuando la canción toca ciertas puertas.

Unicornio

Canto y me pasa lo que pasa cuando uno canta de verdad: la vida se mezcla con lo cantado. Con lo vivido, con lo perdido, con lo que todavía duele. La voz se me quiebra —no por falta de aire, sino por exceso de memoria— y entonces, como buscando sostén, abro los ojos.

Playa Girón

Ahí lo veo.
Un compañero ya mayor. Quieto. Mirando como quien no mira una canción, sino un tiempo entero. Tiene los ojos llenos de lágrimas, sin vergüenza. Lágrimas de esas que no piden permiso porque no vienen solo de la tristeza: vienen de la fe, del cansancio, de lo que costó llegar hasta acá sin volverse piedra.
Me mira y dice, despacio, como si se lo dijera también a sí mismo:

Amar es revolucionar.
No suena a consigna. No suena a folleto. Suena a experiencia.

La era está pariendo un corazón

En ese instante entiendo algo que la época intenta borrar: que si la revolución no está hecha de amor, se transforma en otra cosa. Que si la lucha no cuida, termina pareciéndose a aquello que combate. Que el poder puede administrar violencia, puede gestionar miedo, puede comprar silencios… pero se desorienta frente a la ternura organizada.

El necio

Porque el amor del que habla mi compañero no es romántico ni ingenuo. Es el amor como ética pública: el amor como decisión de no entregarse al cinismo. Es el amor como acción directa sin violencia: sostener a otros, educar, acompañar, reunir, cocinar, escuchar, armar red, insistir.
No es “portarse bien”. Es no dejar que te arranquen el alma.

Sueño con serpientes

Y entonces la nostalgia cambia de signo.
Ya no es mirar atrás para quedarse. Es mirar alrededor y descubrir que todavía hay un hilo. Un hilo entre canciones y plazas, entre lágrimas y esperanza, entre generaciones que atravesaron desilusiones y aun así no se rindieron del todo.

Canción del elegido

Vuelvo a cantar con la voz quebrada y el pecho abierto. Y por primera vez en mucho tiempo siento que creer no es un error. Siento que creer es un músculo: se entrena, se cuida, se comparte.
La patria de iguales no aparece como milagro.

Se construye: con presencia, con tiempo, con acciones pequeñas que juntas se vuelven una fuerza.

Ojalá

Ojalá no nos convenzan de que creer es un defecto.
Ojalá no nos vendan resignación como madurez.
Ojalá podamos sostener esta nostalgia como combustible: no para vivir en el pasado, sino para traer lo mejor del pasado al presente.
Te doy una canción

Te doy una canción

Y entonces entiendo: la canción no es un adorno. Es una forma de promesa.
Una canción para no volverse piedra.
Una canción para el compañero que llora sin vergüenza.
Una canción para lo que perdimos y todavía duele.
Una canción para lo que no queremos perder: la ternura, la dignidad, el lazo.
Una canción para el barrio, para la plaza, para el banco gastado y la tarde tibia.
Una canción para que el miedo no gobierne la vida.
Una canción para insistir, sin odio, sin crueldad, sin violencia.
Una canción para volver a creer con los ojos abiertos.
Porque si algo me deja esa escena —la guitarra, la plaza, mi voz quebrándose, y esa frase— es esto, simple y hermoso:
que amar —de verdad—
es una forma de revolución.




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