Hay días en que la nostalgia no pide explicaciones: pide una guitarra. Y entonces una canción —que parece de alguien, de algún tiempo— se vuelve de todos, como una mesa larga en el barrio.
Hay músicas que no se tocan: se habitan. Una guitarra en la falda, el cuarto en penumbra o la tarde clavándose despacio en la ventana, y de pronto sucede eso: el mundo baja un cambio. No porque se arregle, no porque se vuelva justo, no porque la pena desaparezca. Sino porque una canción te pone un suelo.
La nostalgia suele venir con mala fama, como si fuera un enemigo íntimo. Pero a veces no es un ataque: es un regreso. La nostalgia, cuando no viene a hundir sino a recordar, es una forma rara de gratitud. Dice: acá hubo vida. Dice: esto importó. Dice: todavía importa.
Y ahí aparece la canción. Como un puente simple, como una cuerda que alguien dejó atada a un poste para que otro cruce un arroyo sin mojarse. Uno cree que está solo —y sin embargo está tocando algo que ya pasó por otras manos, otras gargantas, otras cocinas, otras veredas. La canción trae consigo una multitud discreta: gente que no conocemos, gente que ya no está, gente que está en otra parte y, aun así, canta lo mismo sin saberlo.
Por eso las canciones son, en el fondo, una forma de comunidad.
No hace falta asamblea ni bandera para que exista ese lazo. Basta con que alguien tararee en un colectivo. Basta con que una melodía se cuele desde una casa vecina. Basta con que en una plaza un pibe saque un acorde torcido y otro lo complete con una risa. La canción funciona como una contraseña: nos reconoce aun cuando no nos nombramos.
Hay algo profundamente democrático en la música: nadie puede quedarse con ella del todo.
Porque sí, hay autores, hay arreglos, hay versiones que nos dejan sin aire. Pero la canción, cuando entra al oído de alguien, cambia de dueño. Se vuelve un objeto compartido, como el pan: cada quien la parte a su manera. Uno la usa para llorar en silencio. Otro para enamorarse. Otro para despedirse. Otro para sobrevivir un día largo. Y de esa mezcla, de ese uso cotidiano y humano, nace algo que no figura en las partituras: la memoria colectiva.
A veces una canción viene a buscarte en el momento exacto. No para decirte “todo va a estar bien” como una frase vacía, sino para hacer algo más serio: acompañarte. Hay acompañamientos que no hablan, que no dan consejos, que no discuten. Acompañamientos que se limitan a estar. La música hace eso: se sienta al lado. No te empuja ni te apura. Te deja ser como sos un rato. Te da tiempo.
Y el tiempo es lo que más falta cuando la vida se pone áspera.
En esos días en que el pecho se queda mirando hacia atrás, la música ofrece una tarea humilde: respirar dentro de un compás. Como si dijera: probemos, aunque sea, ordenar la pena en cuatro tiempos. No para controlarla, sino para que tenga un cauce. Hay dolores que no se van, pero encuentran una forma más habitable cuando pasan por la belleza.
Y acá aparece un gesto que Tara Brach nombra de muchas maneras —la pausa, el volver a casa—: detenerse un instante para reconocer lo que está, dejarlo estar, mirarlo con suavidad, y recién ahí seguir. Una canción puede ser esa pausa sagrada. No como escape, sino como contemplación: un modo de mirar la experiencia sin pelearse con ella, sosteniéndola con atención y ternura.
La belleza no salva, pero sostiene.
Y en ese sostén aparece la esperanza, que no siempre es euforia. A veces la esperanza es una cosa chiquita: la certeza de que todavía somos capaces de sentir. De que no nos hemos vuelto piedra. De que algo en nosotros sigue afinado a la ternura.
La guitarra —tan íntima— también es un gesto hacia afuera. Porque uno aprende a tocar a solas, sí, pero la música siempre mira al otro. Incluso cuando no hay nadie escuchando. Incluso cuando se toca en voz baja, como quien no quiere molestar. La música es una conversación con alguien que no está. O con alguien que todavía no llegó.
Y ahí está la dimensión comunitaria más hermosa: la canción hace lugar.
Hace lugar para el que viene cansado. Para el que vuelve. Para el que se siente afuera del mundo. Para el que no encuentra palabras. La canción presta palabras. O presta silencio. Y en tiempos en que sobran discursos y faltan encuentros, esa clase de préstamo es una forma de cuidado.
Por eso las canciones “son de todos” en el sentido más profundo: no por propiedad legal, sino por uso amoroso. Porque una canción se completa cuando se comparte, aunque sea en secreto. Aunque nadie lo sepa. Aunque sea solo una persona, en una noche cualquiera, tocando para no romperse.
Y además, hay algo más: las canciones nos recuerdan que somos herederos.
Heredamos ritmos, giros, modos de decir. Heredamos maneras de sentir que otros ya sintieron antes. Y esa herencia no es una carga: es un hilo. En lugar de aislarnos en nuestra pena, nos conecta con un linaje de humanos que amaron, perdieron, esperaron, insistieron. La música es una prueba: no somos los primeros en estar tristes, ni seremos los últimos. Y sin embargo acá estamos —todavía— intentando convertir lo difícil en algo que se pueda cantar.
A veces basta con eso para seguir.
No es poca cosa que una melodía pueda volverse un hogar momentáneo. No es poca cosa que una canción te devuelva a la mesa común cuando la mente se encierra. No es poca cosa que un arreglo hermoso te recuerde que la delicadeza existe, que el mundo aún produce cosas dignas de ser cuidadas.
Quizás la comunidad, en su forma más simple, sea esto: un repertorio compartido. Un puñado de canciones que nos enseñan a decir “acá estoy” sin necesidad de gritar. Canciones que, cuando todo se vuelve ruido, nos ordenan por dentro. Canciones que son de todos porque nadie puede tocarlas sin agregarles su vida.
Y entonces la nostalgia cambia de cara.
Deja de ser un cuarto cerrado y se vuelve una ventana. Se vuelve una manera de mirar lo vivido sin odiarlo. Se vuelve un agradecimiento dolido, sí, pero agradecimiento al fin: qué suerte haber sentido tanto. Y en esa suerte hay una promesa: si la música todavía nos conmueve, todavía hay futuro. Todavía hay vínculo. Todavía hay algo en nosotros que no se rinde.
Una canción no arregla el mundo. Pero a veces arregla el modo en que volvemos a él.
Y eso, en épocas de intemperie, ya es una forma de esperanza.

“Volver a la canción es volver a casa.”

Deja un comentario