Hay símbolos que no son objetos: son límites. No porque sean intocables en un sentido religioso, sino porque cargan una exigencia civil: recuerdan que existe algo anterior al gobierno de turno, algo que no puede ser administrado como un recurso de ocasión.
El sable corvo del Libertador pertenece a esa categoría. No es una pieza de utilería institucional. Es un recordatorio material de una ética política: la libertad no se declama, se construye; la soberanía no se declama, se sostiene; el mando no se exhibe, se somete a una causa.
En estos días, al trasladarse el sable y al incorporarse el gesto presidencial a la escena pública, la discusión real dejó de ser logística. Lo que se discute es el sentido: quién se arroga el derecho de tocar la memoria común para convertirla en legitimación.
San Martín: la libertad como emancipación, pudor y comunidad histórica
El pensamiento político de José de San Martín no admite simplificaciones de póster. Su libertad no fue una consigna individualista ni un capricho de “dejar hacer”. Fue emancipación en condiciones concretas: organización, disciplina, renuncia personal, austeridad del mando, horizonte continental. Su independencia es una obra de arquitectura moral y material: se vuelve libre el pueblo que puede sostener su decisión frente a presiones externas e internas.
En esa tradición, la soberanía no es un adorno retórico. Es el núcleo duro. Por eso San Martín entiende que la libertad sólo existe si hay una comunidad organizada capaz de defenderse, producir, decidir y perseverar sin humillación. La Patria no es el decorado que rodea al individuo: es la historia colectiva que le hace posible una vida digna.
Y hay un detalle decisivo: en San Martín, el poder se ejerce con pudor republicano. No hay culto a la imagen del jefe; hay obediencia a una causa. Ese pudor —esa distancia entre el mando y lo sagrado civil— es parte del mensaje. Es una pedagogía silenciosa: el poder no se confunde con la Nación.
Milei: la libertad como desatadura, relato y símbolo en manos del poder
En Javier Milei, “libertad” suele organizarse alrededor de otra constelación: individuo, mercado, desregulación, sospecha de lo común, épica de choque. En ese universo, la comunidad aparece con frecuencia como un problema; la institución, como un obstáculo; lo público, como una carga; el vínculo social, como una trampa. La libertad se vuelve un principio que se ejerce incluso contra lo común, como si lo común fuese siempre un enemigo.
Ahí la diferencia se vuelve filosa:
En San Martín, libertad es emancipación histórica: un pueblo que se hace capaz de decidir su destino.
En Milei, libertad tiende a convertirse en desatadura: un individuo que busca liberarse de límites, incluso de los que sostienen una vida compartida.
Cuando esa forma de entender la política se aproxima a símbolos fundacionales, el riesgo no es menor: el símbolo deja de ser límite y pasa a ser sello. No se lo custodia para recordar una ética; se lo usa para certificar una narrativa. Y cuando el poder necesita posar con emblemas, suele ser porque pretende que los emblemas bendigan una dirección histórica.
Malvinas: soberanía como principio o soberanía como “resultado”
La fractura también se lee en la cuestión Islas Malvinas. Allí aparece una línea conceptual que modifica el terreno: la soberanía deja de afirmarse como principio histórico-político y se desliza hacia una lógica de preferencia, como si la pertenencia nacional pudiera resolverse por atracción, conveniencia o “elección”.
Esa idea —convertir la soberanía en un resultado condicionado— tiene una consecuencia profunda: vuelve negociable lo que debería ser innegociable. Porque si la soberanía depende de ser “atractivos”, entonces la soberanía ya no es soberanía: es una competencia por aprobación. Y cuando un país se acostumbra a pedir aprobación, empieza a entrenarse para la dependencia.
San Martín piensa lo contrario: la dignidad nacional no se mendiga. Se sostiene aun en la adversidad, aun en la soledad, aun cuando el mundo no aplaude.
Estados Unidos: alineamiento como destino y la sombra de la dependencia
En la relación con Estados Unidos, la diferencia vuelve a aparecer como herida: una cosa es relacionarse con potencias desde el interés propio; otra cosa es convertir el alineamiento en destino, y presentar esa subordinación simbólica como modernidad.
Cuando la política exterior se narra como “ser parte del mundo” a condición de acomodarse al poder dominante, la soberanía se vuelve un adorno. Se puede hablar de libertad, pero esa libertad empieza a parecerse a una libertad prestada: libertad para abrirse, para ajustarse, para resignar márgenes, para aceptar condiciones; y luego llamar a eso “realismo”.
San Martín no discute desde ese lugar. Su libertad no es la puerta abierta para que otros dispongan. Es la puerta construida por un pueblo que decidió no arrodillarse.
Cooke: liberación nacional o libertad colonial
John William Cooke deja una llave dura: no hay liberación nacional sin transformación real de las condiciones que producen dependencia. Dicho de otro modo: puede existir una libertad de mercado compatible con la colonia. Puede haber “libertad” para comprar y vender mientras el país se endeuda, se primariza, se disciplina, se subordina. La dependencia puede vestirse de eficiencia.
Por eso, cuando la libertad se convierte en palabra total —una palabra que lo excusa todo—, conviene preguntar: ¿libertad para quién? ¿a costa de qué? ¿en beneficio de qué proyecto histórico? Si la respuesta es el individuo aislado, el mercado como juez, y el extranjero como horizonte, la libertad deja de ser emancipación y se convierte en coartada.
Hernández Arregui: colonización mental y soberanía prestada
Juan José Hernández Arregui insistió en una idea decisiva: la dependencia no es solamente económica; es cultural, pedagógica, íntima. Una nación cae de verdad cuando aprende a despreciarse, cuando adopta como propias categorías ajenas, cuando confunde lo “moderno” con lo importado y lo “atrasado” con lo propio.
Bajo esa luz, tocar y reordenar símbolos no es un detalle: es pedagogía del poder. Enseña que la memoria común puede ser administrada por el gobierno; que el legado puede ser utilizado como escenografía; que lo sagrado civil ya no limita al mando, sino que lo adorna.
José María Rosa: la historia como disputa por lo nacional
José María Rosa recordó una y otra vez que la historia argentina no es un álbum de próceres: es una disputa por el sentido de lo nacional, por la soberanía real, por quién decide y quién paga. Desde esa tradición, cada gesto sobre los símbolos es un gesto sobre la Nación misma. No porque el objeto tenga magia, sino porque los pueblos se sostienen también en su memoria.
Cuando un símbolo se convierte en trofeo narrativo, el país pierde una barrera: la barrera que separa al Estado de la patria, al gobierno de la Nación, al líder de la historia colectiva.
La recuperación del sable por la Juventud Peronista: épica plebeya contra la proscripción
En tiempos de proscripción, la Juventud Peronista recuperó el sable como acto de reivindicación popular. No fue fetiche. Fue señal. Fue decir que la Patria no se proscribe, que el pueblo no se proscribe, que la soberanía no se archiva. Fue una afirmación plebeya de la genealogía nacional: la historia no pertenece a los vencedores circunstanciales; pertenece a la comunidad que resiste.
Esa escena importa hoy por contraste: una cosa es el pueblo arrancando un símbolo para denunciar el cierre de la democracia; otra cosa es el poder acomodando el símbolo para reforzar su relato.
Cierre: el sable como frontera moral
Lo que se disputa no es metal. Se disputa una idea de país.
En San Martín, libertad es soberanía y comunidad histórica; es pudor del mando; es independencia como construcción colectiva; es dignidad frente a las pretensiones externas. En Milei, la libertad tiende a traducirse como individuo y mercado; como apertura presentada como destino; como soberanía condicionada; como alineamientos elevados a virtud; como símbolos usados para certificar un programa.
Por eso el sable duele cuando se vuelve escena: porque el sable, en una ética sanmartiniana, no está para legitimar gobiernos. Está para recordarles un límite.
Y el límite es simple, severo y antiguo: la libertad que no defiende soberanía termina defendiendo dependencia.


Deja un comentario